#carta14
Lo que dejamos de ver
Hay una pregunta que no deja de acompañarme.
¿Qué sucede con las infancias cuando los adultos vivimos preocupados?
No me refiero únicamente a la preocupación individual, sino a esos momentos en la historia en que la incertidumbre parece instalarse en todas partes y las conversaciones comienzan a girar alrededor de lo mismo: el trabajo, el dinero, las decisiones difíciles, los planes que ya no sabemos si podrán realizarse.
Vivo en el sur de Argentina y, como muchos de ustedes, observo familias que se marchan, personas que regresan a sus provincias, proyectos que se suspenden y comunidades que intentan reorganizarse frente a cambios que nadie eligió.
No escribo estas palabras para hablar de economía. Escribo porque me pregunto qué ocurre con nuestra atención cuando atravesamos tiempos así.
Las crisis tienen una forma muy particular de ocupar la conciencia: reducen el mundo. De pronto todo parece resumirse a aquello que amenaza nuestra estabilidad y es comprensible. Pero aun así me pregunto si, mientras intentamos sostener lo urgente, no estaremos dejando de mirar otras cosas igualmente esenciales.
Entre ellas, las infancias.
Ellas representan algo que una sociedad no puede permitirse perder de vista: aquello que todavía está creciendo.
Hace años leí una idea que nunca me abandonó. Cada vez que un niño o una niña llega al mundo, llega alguien completamente nuevo, alguien que verá lo que nosotros ya no vemos, que hará preguntas que nosotros ya dejamos de hacer, que continuará una historia que nosotros apenas podremos comenzar.
Y sin embargo, en los momentos de incertidumbre, los adultos solemos quedar atrapados por otra tarea: sobrevivir.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿quién le muestra a los niños el mundo cuando los adultos han perdido momentáneamente su relación con él?
Pienso que una de las consecuencias más silenciosas de las crisis no es la pérdida material, sino la pérdida de amplitud. Comenzamos a vivir mirando únicamente aquello que nos preocupa y, cuanto más se estrecha nuestra atención, más difícil se vuelve percibir los procesos lentos de la vida.
El crecimiento de un niño o una niña es uno de esos procesos: sucede sin hacer ruido, sin titulares, sin urgencia, pero ocurre todos los días.
Mientras nosotros discutimos sobre el presente, ellos están construyendo una relación con el mundo. Una relación que no se forma tanto por lo que les decimos, sino por la manera en que habitamos nuestros días, por cómo miramos, por cómo hablamos, por cómo nos vinculamos con lo que nos rodea.
Después de escribir estas líneas seguí pensando en la atención, quizás porque las crisis tienen una manera muy particular de capturarla: nos obligan a mirar lo urgente, lo que falta, lo que está en riesgo, lo que podría perderse, y sin darnos cuenta aquello que no exige atención inmediata comienza a desaparecer de nuestro horizonte.
Hace poco me encontré con una idea de Satish Kumar que me acompañó durante varios días. Él sostiene que muchas de las crisis contemporáneas son, en el fondo, crisis de relación: con la tierra, con la comunidad y con nosotros mismos. Mientras lo leía me preguntaba si también son crisis de atención, porque sólo podemos relacionarnos profundamente con aquello que somos capaces de ver y sólo podemos cuidar aquello a lo que prestamos atención.
Quizás por eso esta pregunta me sigue acompañando: ¿qué sucede con las infancias cuando los adultos vivimos absorbidos por la incertidumbre?
No creo que la respuesta esté únicamente en la economía, en la política o en los sistemas educativos. Creo que está también en algo mucho más cotidiano: en nuestra capacidad de permanecer presentes, de mirar, de escuchar, de no permitir que la urgencia ocupe todo el espacio interior.
Porque las infancias continúan creciendo aun cuando los adultos estamos preocupados. Continúan observando, construyendo significado, aprendiendo qué es el mundo a través de nuestra manera de habitarlo.
Tal vez las infancias nos recuerdan algo que los adultos olvidamos con facilidad: que una sociedad no se mide únicamente por lo que produce, ni por lo que acumula, ni siquiera por lo que consigue conservar, sino también por aquello que decide seguir cuidando cuando las cosas se vuelven difíciles.
Por eso escribo estas líneas, no para ofrecer respuestas, sino para dejar una pregunta abierta.
Mientras atravesamos este tiempo de incertidumbre, ¿qué cosas estamos dejando de ver? Y entre ellas, ¿seguimos viendo a las infancias?
Que el yoga nos encuentre siempre.
Gaby



